Miércoles de Ceniza PDF Imprimir E-mail

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario, en la misa del Miércoles de Ceniza (13 de febrero de 2013)

Queridos hermanos:
Con la celebración de la imposición de las cenizas comenzamos la Cuaresma del año de la fe. Es un tiempo de oración, que se prolonga durante cuarenta días. De esta manera comenzamos el camino para encontrarnos con Jesús y acompañarlo, desde el desierto hasta el día de su triunfo glorioso, que es el Domingo de Pascua.

“Vuelvan a mi de todo corazón”
Este es un tiempo de conversión, de renovación interior, a la luz de la Palabra de Dios. Como nos dice la primera lectura del Profeta Joel: “vuelvan a mi de todo corazón, Desgarren su corazón y vuelvan al Señor, su Dios…y digan perdona Señor a tu pueblo”.

Recibir las cenizas es una muestra de arrepentimiento, por eso los invito a hacerlo en este día, participando del signo penitencial con el que iniciamos un tiempo de profunda espiritualidad y de encuentro con Dios.

Como nos dice el Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma de este año, toda la vida cristiana es responder al amor de Dios; y la primera respuesta a esta iniciativa suya es precisamente la fe (cfr. Mensaje, 2).

Pero la fe no es solamente un acto de nuestra razón, sino también un modo de ser y de vivir en las manos de Dios, bajo su guía providente. Es el camino “de amistad con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido” (ibidem).

Tampoco la fe es solamente un impulso inicial, que recibimos de Dios al principio, y luego nos deja solos; sino que cada día sigue alimentando nuestra fe, a la que debemos responder.

Durante esos días de Cuaresma hasta la vigilia pascual, vamos a pedirle al Señor crecer en la fe. Necesitamos hacerlo mediante la oración, pidiéndole a Dios que nos manifieste su cercanía. Para ello también vamos a contar con la ayuda la predicación en la misa de cada domingo, de las celebraciones de la Misa, de la catequesis, de la lectura espiritual personal y en familia, que nos ayudarán en este camino.

Al mismo tiempo, la Cuaresma nos enseña que al pedir y rezar nunca estamos solos. Formamos parte de la Iglesia, a la que ingresamos con el bautismo, y formamos también una comunión de fe que abarca los siglos, y que transciende este universo. Pertenecemos al Iglesia, y con ella nos preparamos, y rezamos para vivir este tiempo de gracia.

Dejar espacio al amor de Dios
Cuando en nuestra vida dejamos espacio al amor de Dios, Él la va a ir transformando, y nos va a hacer semejantes a Él. Solo de este modo podremos ser felices, porque no hay felicidad verdadera, si no es a través de de la presencia viva de Jesús. De este modo muchas de las inquietudes y necesidades que tenemos van teniendo respuesta, a través de una mirada nueva, porque dejamos que Él viva en nosotros; y que su Palabra vaya siendo el eje de nuestras acciones.

En esta Cuaresma, Dios no solo quiere amarnos, sino también atraernos hacia sí, transformarnos de un modo tan profundo que podamos decir con San Pablo: “ya no vivo yo, sino Cristo quien vive en mí “(cf. Ga 2,20; Mensaje, 2).

La relación con Dios, arraigada en la fe, nos mueve al amor; y ante todo al amor a Dios. Por eso, nos dice el Papa, la mayor obra de caridad es precisamente «servir a la Palabra de Dios» y evangelizar (cfr. ib.3).

Ninguna acción es más benéfica y, caritativa hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe del Evangelio: porque evangelizar es la promoción más alta e integral de la persona humana.

Debemos mirar al bien espiritual de quienes nos rodean
Debemos mirar al bien espiritual de quienes nos rodean. Así sucedía en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, "sino también por la de su alma, y por su destino último" (Benedicto XVI, Mens.Cuaresma 2012).

Asimismo tengamos presente que las obras buenas de misericordia que estamos llamados a hacer no son principalmente fruto de nuestro esfuerzo, sino que nacen de la fe, brotan de la gracia que Dios nos concede. Por eso comprendemos que una fe sin obras, sería como un árbol sin frutos.

Así, el ayuno, la limosna, y las obras de caridad propias de este tiempo y que podemos ofrecer en la Cuaresma, deben estar motivadas por la fe y por nuestro encuentro con Dios; y se ven reflejadas en el amor al prójimo.

Rezamos agradecidos por el Papa e imploramos al Espíritu Santo por el Sucesor de San Pedro
Queridos hermanos: esta será una Cuaresma particular, después de conocer la renuncia del Papa Benedicto XVI como Obispo de Roma y Sumo Pontífice, debemos agradecer a Dios por los ocho años de su Pontificado.

Por ello vamos a rezar en esta Misa y durante todo este mes por las intenciones de Benedicto XVI.

Al mismo tiempo, imploramos con fervor al Espíritu Santo por el próximo Cónclave, y por la elección del Sucesor de San Pedro.

Pedimos a la Santísima Virgen María por estas intenciones, en el Año de la Fe. Porque la fe alimentó siempre la Vida de la Virgen, Ella siguió al Señor con fe en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario. Ella con la misma fe, gustó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardó todos los recuerdos en su corazón, para recibir al Espíritu Santo (cfr. Porta Fidei, 13). Que la Santísima Virgen María acompañe nuestra fe a lo largo de esta Cuaresma.

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario

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