Asunción de la Virgen María PDF Imprimir E-mail

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario, en Solemnidad de la Asunción de la Virgen María (15 de agosto de 2012)

Queridos hermanos y hermanas:
El día de la Asunción de la Virgen María a los cielos, es un día de fiesta, y es una gran alegría celebrar con ustedes y bendecir esta nueva imagen de la Santísima Virgen, y entronizarla, en esta Parroquia Cristo Rey, como fue la voluntad de su párroco, el Padre Libio Gorza, antes de su partida a la Casa del Padre.

Así como María manifestó con su sí, una total dedicación a Dios asociándose al sacrificio de su Hijo, junto a la cruz; y después recibió” los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los doce" (Porta Fidei, nº 12); así también en su gloriosa Asunción culminó su camino al cielo, y es modelo para todos, y a la vez una invitación viva para alcanzar esta meta.

El cielo ya no es para los creyentes una realidad desconocida o abstracta
Por esto la fiesta de la Asunción es un día de alegría. María fue elevada al cielo en cuerpo y alma, y allí tenemos una Madre; Ella está con Dios y en Dios, y al mismo tiempo está muy cerca de cada uno de nosotros. Por eso, el cielo ya no es para los creyentes una realidad desconocida o abstracta. Allí esta la Madre de Jesucristo, la Madre de Dios, y Madre nuestra.

El Magníficat, que leímos en el Evangelio de hoy, brotó de su corazón, inspirado por el Espíritu Santo, de tal manera que con sus palabras la podemos conocer mejor y contemplar como Ella es, cuando dice: “mi alma canta la grandeza del Señor”. María está plenamente agradecida porque Dios es grande, y el Todopoderoso hizo en Ella grandes cosas.

El poder de Dios se manifestó en la humildad de sus servidora. Dios eligió a quien reconocía su pequeñez, y estaba pronta y dispuesta a servir: “porque Él miró con bondad la pequeñez de su servidora” (Lc.1,48).

Dios nos elige a nosotros, no por nuestros méritos, sino por nuestra disponibilidad a su gracia
Así también Dios nos elige a nosotros, no por nuestros méritos, sino por nuestra humildad y disponibilidad a su gracia.

La tentación de querer ser autónomos, autosuficientes, siempre está latente en nuestra vida, sobre todo cuando fácilmente se quiere prescindir de Dios. Hoy pareciera que el hombre no quiere que Dios se meta en su vida, como si su presencia le quitara el espacio de libertad que necesita para sentirse feliz.

Esta autonomía se quiere reflejar frecuentemente en la vida privada y en la vida pública, en nuevas costumbres y leyes que no reflejan que somos personas, que la libertad debe ser siempre para el bien y no para el mal, y que sobre nosotros siempre está Dios.

De allí que “mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella”, como nos dice la Exhortación Apostólica con la que el Papa convoca el próximo Año de la Fe, en la actualidad no parece que sea ya así, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas (nº 2).

María nos enseña con su humildad que no debemos alejarnos de Dios, sino vivir reconociendo que Dios está cercano y presente en nuestra vida; sólo así podemos llegar a ser grandes como Ella, y brillar con la dignidad de ser sus hijos.

En la vida de fe, Dios nos atrae, como a María, por medio de la gracia
La Virgen fue elevada al cielo, fue atraída por Dios, por eso la Asunción fue la obra de Dios. Así es nuestra vida de fe, en la que el Padre nos atrae por Jesús, y nos hace suyos, porque es Él quien « inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2). Esto es precisamente lo que queremos ahondar en el mencionado Año de la Fe.

Por ello al convocar este Año, nos dice que Jesucristo, con su amor atrae hacia sí a los hombres de cada generación; y convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. De este modo, “también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe” (Porta Fidei, nº 7).

Así, la gloria de la Asunción, lejos de crear una distancia entre nosotros y la vida del cielo, nos acerca a este misterio de la vida en Dios, en el que Ella creyó y esperó, aún en medio de las pruebas de esta vida, y de la pasión y muerte de su Hijo.

María nos acerca a Jesús, nos lo ofrece como Madre
Al conocer como Madre nuestras dificultades y necesidades en este camino que también Ella vivió, nos sostiene y ayuda; más aún nos acerca a Nuestro Señor, y nos anticipa la gloria final de la Resurrección.

En este día de fiesta recordamos que todos queremos llegar a Dios como Ella, y en esto ponemos nuestra esperanza, y trabajamos todos los días para alcanzarlo. Por eso la Asunción es causa de esperanza.

Esta imagen de la Santísima Virgen, que hoy bendecimos y entronizamos, nos recuerda que María nos acerca a Jesús, nos lo ofrece como Madre; y por eso le pedimos que su contemplación nos ayude a recibirlo, particularmente en la Eucaristía; y a vivir como Ella, siguiendo fielmente a Jesucristo. Que la oración del Rosario, y la meditación de los misterios de la vida de Jesús, también nos dispongan mejor, por la gracia, al encuentro con Él.

María, junto a Dios, es Madre y Reina nuestra. Que Ella escuche nuestras súplicas, nos ayude con su intercesión, y nos proteja en el camino hacia el cielo.

Monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario

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