Virgen del Rosario PDF Imprimir E-mail

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario, 
en la Fiesta de Nuestra Señora del Rosario (7 de octubre de 2011) 

Queridos hermanos:

La fiesta de la Virgen del Rosario que hoy celebramos, nos reúne nuevamente en esta Misa de acción de gracias, que ofrecemos como una muestra de devoción y gratitud a la Madre de Dios, cuya imagen que trajimos hasta aquí caminando, fue coronada, justamente hace setenta años.

Este encuentro de tantos fieles junto a la querida y venerada imagen, con la presencia de los obispos eméritos, monseñor Eduardo Mirás, arzobispo emérito de Rosario, monseñor Pedro Ronchino y monseñor Reinaldo Brédice, los sacerdotes, invitados y autoridades nacionales, de nuestra Ciudad y Provincia, es una muestra del amor de su pueblo, hacia quien desde el comienzo convocó maternalmente a sus hijos, primero en la humilde aldea, hasta llegar a esta gran Ciudad que lleva su nombre.

También la procesión, que vamos a realizar por las calles, como en cada peregrinación mariana en todo nuestro país, manifiesta la fe de sus hijos. Allí, como creyentes sentimos el gozo de estar en medio de tantos hermanos nuestros, caminando juntos hacia Dios y a su Madre (cfr. DA 259).

¡Qué hermoso es estar aquí, en la fe, en la alegría y en la paz; como dice la lectura que escuchamos!, reunidos “en la oración con María la Madre de Jesús” (He. 1,14); ante la imagen de la Virgen del Rosario. Hace doscientos ochenta años llegó la primera imagen a esta humilde aldea, y hace setenta años la imagen fue coronada por el cardenal Santiago Luis Copello, delegado para este acto que hoy evocamos.

En Rosario, como en Luján, en Itatí, San Nicolás o Guadalupe, la decisión de peregrinar y caminar con María hacia Cristo, ya constituye una confesión de fe; y al hacerlo gozosos en la esperanza, deseamos construir una vida nueva, centrada en el amor de Dios. Una vez más podemos decir que la súplica sincera, que brota confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que renuncia a la autosuficiencia, y reconoce que nada se puede sin Dios (cfr. DA 259).



Vivimos acontecimientos que nos deben acercar más a la fe en Dios, y a una vida de mayor testimonio

Este año vivimos acontecimientos que nos acercaron aún más a la fe en Dios, y a una vida de mayor testimonio. Al trabajo habitual de las parroquias, instituciones y movimientos laicales en toda la Arquidiócesis, se sumaron entre otros acontecimientos la misión mariana, a través de los decanatos; el Congreso de catequesis, el Congreso nacional de Doctrina Social de la Iglesia, las Ordenaciones sacerdotales y diaconales, la Jornada de la juventud, la peregrinación a San Lorenzo, y hace pocos días, preparando esta fiesta, la peregrinación mariana caminando a San Nicolás, así como los ochenta años de la Acción Católica en la Arquidiócesis.

También nuestros jóvenes procedentes de las parroquias y movimientos se unieron recientemente, a miles y miles de jóvenes del mundo entero que se encontraron con el Papa en Madrid. Chicos y chicas, que inclusive con sacrificio personal pudieron cubrir sus pasajes, viajaron para encontrarse y rezar junto al Papa y escuchar su palabra. Comprobamos frecuentemente que nuestra juventud busca valores e ideales grandes para sus vidas, y efectivamente encuentra en la fe una respuesta a muchas inquietudes y anhelos de sus vidas. Su experiencia los lleva a tener la firme certeza de que "con Dios hay futuro" (Benedicto XVI, Erfurt, 24. IX.2011).

Sin embargo, esta fe en Dios, esta creencia de nuestro pueblo frecuentemente se la quiere desconocer en la cultura de hoy. Si bien hablamos con valores que heredamos desde pequeños de nuestros padres, en nuestra casa y en nuestra familia, hoy se los quiere negar solo por tener un sello cristiano. Se experimenta una corriente de pensamiento que quiere apartar a Dios de la vida en la sociedad, intentando crear una especie de “paraíso” sin Dios, que en realidad se construye sobre arena (cfr. Benedicto XVI, Mensaje a la Juventud, 2011).

Un mundo sin Dios nunca es un paraíso; y la prueba está en que cuanto más nos alejamos de Dios, más padecemos el egoísmo, las divisiones en las familias, el resentimiento entre las personas, la inseguridad cada vez más apremiante, la falta de amor, de alegría y esperanza (Benedicto XVI, 6.VIII:2010).

La falta de Dios también nos lleva a pensar en la pobreza de muchos hombres y mujeres, en el desajuste de los equilibrios ecológicos, en la la criminal difusión de la droga o en el fomento de una práctica sexual desenfrenada e inaceptable? (cfr. Evangelium Vitae,10).



Una sociedad sin Dios, relativiza y menosprecia la vida desde el seno materno hasta la muerte natural

También un ejemplo concreto de una sociedad sin Dios, lo tenemos en el modo en que se relativiza y menosprecia la vida: no solo en el seno materno, sino también la de quienes ya han nacido, y la de los mismos ancianos.

Dios es Señor de la vida, y nos confió la misión de conservarla; misión que debemos cumplir del modo más digno y más humano. Por esto, también la fe nos mueve a proteger la vida con el máximo cuidado desde la concepción, cuando aún somos embriones…hasta la muerte natural" (cfr. GS 51, 3).

Igualmente queremos defender la vida digna durante la ancianidad, de tal manera que todos puedan vivir felizmente su vejez; y no agreguemos sin razón una aflicción al afligido. Queremos cuidar la fragilidad de los niños, aún los no nacidos, y la sabiduría de los ancianos.

Asimismo también defendemos la vida hasta el último instante de su existencia. Si nos transformamos en dueños de la vida para decidir arbitrariamente el momento final de una persona, quien podrá garantizar que ese es el momento querido por Dios.

Por esto, cuando contamos con Dios, escuchamos su Palabra y adoramos su presencia como único Señor podemos construir un futuro, donde cada uno es respetado en su dignidad y crece la comunión, y en realidad podemos llamarnos hermanos, porque tenemos un Padre de todos.

Como esta tarde, tenemos que transmitir esta fe, que siempre es un don de Dios. Nosotros queremos ser como María, que recibió a su Hijo y lo dio a los demás. Ella nos enseña a dar a conocer el Evangelio; y nos recuerda que ser cristiano es imitar y dar testimonio de Cristo.



La situación presente es un fuerte llamado de Dios a la conversión

Tenemos que interpretar la situación presente como un fuerte llamado de Dios a la conversión

Necesitamos iglesias abiertas. Necesitamos salir y misionar, con la mirada de Jesús; necesitamos hablar de Dios y de la santidad como lo hizo el Señor, participar con los valores cristianos en la sociedad y en el trabajo, acercarnos a los enfermos y a los que sufren, y darle un sentido nuevo a la vida. Hace unos días me decía un párroco que dejó su Iglesia abierta día y noche durante la novena de sus fiestas patronales; diez días corridos, una experiencia que resultó maravillosa, me decía:...la cantidad y variedad de personas que venían a rezar...

La vida cristiana debe tener siempre una profunda repercusión social. Y también la tienen nuestras parroquias e instituciones eclesiales, desde Jesucristo, profundamente humanitarias. Sabemos que el Estado no puede conseguir todo; porque siempre, aún en la sociedad más organizada y justa, el amor –caritas– siempre será necesario. No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor necesitamos el amor, siempre vamos a necesitar la solidaridad fraterna, siempre habrá necesidad de un buen samaritano. Como en el Evangelio, Jesús pasa haciendo el bien, y se encuentra con los que lo necesitan, y nos llama para seguirlo. Esta dimensión social de la caridad organizada que nace de la fe, no se puede desconocer, y nuevamente la queremos renovar a los pies de la Virgen del Rosario, que desde la Anunciación nos enseña a responderle del mismo modo al Señor.. .

Más aún, inclusive necesitamos contar con la experiencia permanente del perdón, que, aunque a veces no resulta fácil, sin embargo puede ser siempre vivida por un corazón herido, gracias al poder curativo del amor, que tiene su primer origen en Dios (cfr. MJMP, 97,4). Por ello siempre estamos invitamos a acercarnos a la Reconciliación con Dios y con nuestros hermanos.

Virgen del Rosario, te pedimos que seas nuestra escuela de fe, destinada a guiarnos y a fortalecernos en el camino que lleva por Jesucristo, al encuentro con el creador del cielo y de la tierra (cfr. Benedicto XVI, 12.V.2007)



Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario

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