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COMO USAR LA LITURGIA DE
LAS HORAS
LA LITURGIA DE LAS HORAS EN MANOS DE LOS FIELES
I. LA LITURGIA DE LAS HORAS, FUNCIÓN
DE TODOS LOS BAUTIZADOS
II. NATURALEZA DE LA ORACIÓN LITÚRGICA
III. DINAMISMO DE LA ORACIÓN LITÚRGICA
1. LAS DIFERENTES HORAS DE LA ORACIÓN LITÚRGICA
2. LOS DIVERSOS ELEMENTOS DEL OFICIO
a) Introducción a la oración
b) Himno
c) Salmodia
1) Proclamación leída:
2) Forma responsorial:
3) A dos coros:
4) Himno:
5) Diálogo entre solistas diversos y pueblo:
d) Lectura bíblica
e) Responsorio breve
f) Preces
g) Padrenuestro
h) Oración final
i) Conclusión del Oficio
IV. MODO DE UNIR LAS HORAS DEL OFICIO CON LA MISA
TABLA DE LOS DÍAS LITÚRGICOS
III. DINAMISMO DE LA ORACIÓN LITÚRGICA
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1. LAS DIFERENTES HORAS DE LA ORACIÓN LITÚRGICA
El Concilio Vaticano subrayó ya que la finalidad del Oficio divino es la
santificación de los diversos momentos de la jornada. La subsiguiente
promulgación de la Liturgia de las Horas no sólo ha vuelto a insistir en este
importante matiz sino que, para recalcarlo con mayor fuerza, ha adaptado con
singular cuidado algunos de los antiguos formularios para que correspondan mejor
al momento en que se usan, ha introducido textos nuevos con claras alusiones a
las diversas Horas y ha modificado incluso algunas de las normas jurídicas -
supresión de la obligatoriedad de las tres Horas menores para los obligados al
Oficio, por ejemplo -, a fin de que cada parte corresponda mejor al momento en
que se reza. Pero estos pasos, por importantes que sean, no son suficientes; es
necesario que, además, cada uno de los que participan en la Liturgia de las
Horas viva aquellas partes que reza como auténtica santificación de las
diversas horas. Recitar Laudes a hora distinta del comienzo de la jornada, o
Vísperas antes de finalizar el trabajo del día, equivaldría a privar de su
significado propio a la oración litúrgica.
Las diversas Horas del Oficio no tienen la misma importancia. Éste es un
aspecto sobre el que hay que insistir. Laudes y Vísperas - llamadas ya en la
nomenclatura preconciliar "Horas mayores"- son los dos momentos
principales de oración eclesial y por ello deben tener siempre el lugar más
destacado. Para conseguirlo, a los ordenados, por ejemplo, se les recuerda que
no deben omitir estas dos partes a no ser por causa grave, y a aquellos
religiosos que no disponen más que de un tiempo limitado para la oración
litúrgica, y a los laicos, se les recomienda que escojan precisamente estas dos
Horas, Horas que deberían asumir con clara conciencia de que no sólo rezan
"una parte del Oficio" sino que se incorporan a la parte más
importante del mismo. Para estas dos Horas, en efecto, la nueva organización de
la Liturgia de las Horas ha seleccionado los salmos más significativos y los
elementos más ricos. No sería, por tanto, equilibrado dar a otros rezos -
privados o incluso de carácter litúrgico, pero menos importantes - un lugar
más privilegiado que el que se reserva para Laudes y Vísperas. Éste sería el
caso, por ejemplo, de quien diera más relieve a unas tradicionales
"oraciones de la mañana", anteponiéndolas a Laudes, o bien de la
comunidad que subrayara más las Completas que las Vísperas, organizando estas
Horas de tal forma que se rezaran Vísperas cuando muchos aún están ocupados
en el trabajo de la jornada, mientras que para las Completas se escogiera el
momento en que pudiera participar toda la comunidad. O también el caso de los
laicos que, como oración de la noche, prefirieran las Completas a las
Vísperas.
A este respecto conviene recordar que el mismo origen histórico de
Completas nos presenta este Oficio como una segunda celebración, no tanto de la
comunidad eclesial como de los monjes, rezado con frecuencia en el mismo
dormitorio. Precisamente la actual restauración litúrgica ha devuelto de nuevo
a las Completas este carácter casi privado, simplificando el esquema (es la
única Hora que tiene un solo salmo, o dos salmos muy breves) y dando incluso la
posibilidad de usar a diario los formularios dominicales para poder rezar
Completas de memoria.
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2. LOS DIVERSOS ELEMENTOS DEL OFICIO
Para captar todo el significado de la Liturgia de las Horas, hay otro punto que
es necesario cuidar: el del valor distinto de los diversos elementos que forman
cada una de las Horas. Así como hay diferencia entre la importancia de unas
Horas y otras - Laudes y Vísperas están muy por encima de las otras Horas -,
así también, en el interior mismo de cada Hora, existe una diferenciación
entre los elementos que la componen. Unos son nucleares, otros, en cambio, sólo
ambientales o complementarios. Sin los primeros no se daría una verdadera
oración eclesial; los segundos, en cambio, se limitan a ser simple ayuda para
incorporarse mejor a lo que es la oración de la Iglesia. Veamos, pues, el valor
de cada uno de estos elementos y su significado en el interior de cada
celebración.
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a) Introducción a la oración
Cada una de las Horas del Oficio empieza por el versículo introductorio. En la
primera oración del día (que generalmente es Laudes, pero que en algunos casos
puede ser también las Vigilias nocturnas o el Oficio de lectura) este
versículo introduce tanto en esta Hora concreta como en el conjunto de la
plegaria de la jornada. Se trata de un elemento ambiental, de preparación a la
plegaria, en el que se pide el auxilio divino para unirnos debidamente a la
oración de Cristo y de la Iglesia: que Dios abra los labios de los que van a
orar en nombre de la Iglesia; que Cristo, el Señor y cabeza de la Iglesia,
venga en auxilio de la comunidad orante, para que la asamblea profiera
dignamente las alabanzas de Dios.
En la primera oración de la jornada, al versículo introductivo puede añadirse
un salmo - generalmente el 94 -, que es una invitación a la alabanza y a la
escucha de la palabra de Dios. Anteponer a la oración diaria un salmo de este
contenido resulta apropiado, por cuanto en él se pide que la oración de la
Iglesia cumpla su verdadero cometido de diálogo con Dios: que la asamblea, como
quería 5. Agustín, hable a Dios en la alabanza y escuche a Dios en las
lecturas. Pero, por otra parte, colocar un salmo, que es palabra de Dios, como
simple elemento introductivo, antes incluso que el himno, de origen popular, no
deja de ser un pequeño contrasentido; ¡los salmos son algo más que una simple
introducción!; ¡son centro de la oración cristiana! Es en razón de esta
ambigüedad, de estos valores y contravalores del salmo colocado al inicio, por
lo que éste se deja al arbitrio de cada comunidad, cuando precede a las Laudes.
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b) Himno
Es, sin duda alguna, el elemento más periférico de la celebración, el que
menos es "oración de la Iglesia" y el que más resulta "elemento
popular". Es también la parte que más tardó en ser admitida como parte
del Oficio divino. Y la que más ha variado a través de los siglos. Su
finalidad es introducir en la celebración, pasar de lo simplemente popular a lo
propiamente eclesial y bíblico.
El himno parte de las maneras de hablar de cada
pueblo e introduce en las maneras de hablar de Dios.
De este carácter popular del himno proviene que en el mismo se dé mayor cabida
a las diversas culturas; por ello la selección y aprobación del himnario se
pone bajo el cuidado de las Conferencias episcopales, no de la Santa Sede. En
las celebraciones con el pueblo, en las que con frecuencia se escogen cantos
más libres, para que los fieles puedan cantar, hay que velar para que el himno
sea un canto verdaderamente introductivo al espíritu de la Hora o del día: no
basta cualquier cántico, sino que se ha de buscar uno que esté plenamente de
acorde con el espíritu de la celebración concreta. Ni puede usarse un canto
sin relación con los elementos que seguirán (más distraería que
introduciría en la salmodia) ni un texto que tenga demasiada calidad para ser
simple introducción (no valdría, por ejemplo, un canto bíblico, sobre todo
del nuevo Testamento, para introducir en el espíritu de los salmos del antiguo
Testamento).
Si se trata de los tiempos fuertes o de las grandes fiestas, el
himno debe introducir en el espíritu de estos días, debe dar al conjunto de la
salmodia el color propio del tiempo o de la fiesta; en cambio, si se trata del
tiempo ordinario, el himno debe ambientar el carácter propio de la Hora, debe
ayudar, con modos populares, a que el pueblo viva la salmodia como oración de
la mañana o de la noche. Los himnos castellanos que aparecen en esta edición
consiguen bien su finalidad: en los tiempos fuertes y solemnidades aluden
siempre, de manera popular, al misterio del día; en los viernes, introducen en
el matiz propio de la salmodia de este día (por la mañana aluden a la
penitencia, por la noche a la pasión de Cristo); en los domingos, como la
salmodia y las lecturas breves de este día, aluden a la resurrección del
Señor. En los restantes días feriales del tiempo ordinario, el himno, como
muchos de los salmos, tiene un marcado carácter matutino o vespertino, tal como
corresponde el espíritu de Laudes y de Vísperas.
Así, el conjunto de estos himnos resulta popular e introductorio al contenido
más denso de las otras partes del Oficio.
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c) Salmodia
Bajo el nombre de salmodia entendemos aquí el conjunto de salmos y cánticos
bíblicos, tanto del antiguo como del nuevo Testamento, que figuran en la
Liturgia de las Horas. Esta salmodia es, sin duda, el núcleo central del Oficio
y su parte más extensa, aunque no sea ciertamente la de inteligencia más
fácil. Hacer los posibles para que la salmodia se convierta en oración es de
suma importancia, pues si la salmodia se vive como oración, si se entiende su
significado - o sus diversos significados -, todo el Oficio cobra vida, llega a
ser verdadera oración.
Dos son los aspectos principales que hay que cuidar en torno a la salmodia: la
correcta interpretación de los salmos como plegaria y las diversas maneras
concretas de rezarlos en la celebración común. Con respecto a la
interpretación de los salmos hay que tener presente lo que más arriba queda
dicho sobre la presencia de Cristo y la participación de toda la Iglesia en el
Oficio. Quien reza los salmos podrá incorporarse, sin duda, personalmente a
algunos de ellos, pero muchos otros los podrá rezar sólo como oración de
Cristo o de otros miembros de la Iglesia, recordando en este último caso que
esta voz de Cristo o de la Iglesia, aunque no sea posible hacerla
individualmente propia, no por ello deja de ser auténtica plegaria; es incluso,
como se ha dicho, oración de mayor valor, por ser la voz del Hijo y de la
Iglesia, siempre santa. Para interpretar bien los salmos es aconsejable, de
cuando en cuando por lo menos, usar algún comentario que pueda servir de
meditación en la oración personal; también hay que prestar atención a las
antífonas, que subrayan el aspecto más importante de cada salmo, sobre todo
las antífonas del Salterio y las propias de la Cincuentena pascual. También es
enriquecedor usar algunas veces - por ejemplo en los días de retiro o
ejercicios -, después de cada salmo, la correspondiente oración sálmica de
que hablan los Principios y Normas generales de la Liturgia de las Horas.
Además de velar por la debida comprensión de los salmos, hay que cuidar
también las maneras concretas de realizar la salmodia en la celebración
comunitaria. Veamos al respecto cinco modos distintos que pueden aplicarse
según el género literario de cada salmo en concreto:
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1) Proclamación leída: Un lector proclama el salmo desde el ambón, mientras
la asamblea escucha y medita. Terminado el salmo, uno de los participantes puede
añadir una colecta sálmica conclusiva. Esta manera resulta especialmente
apropiada para los salmos históricos o sapienciales (v. gr., el salmo 100, de
las Laudes del martes IV, o el 48, de las Vísperas del martes II).
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2) Forma responsorial: Un cantor o pequeño coro proclama los versículos, y la
asamblea responde intercalando de cuando en cuando una aclamación - que puede
ser la misma antífona del salmo -, a la manera como se hace con el salmo
responsorial de la misa. Esta forma resulta especialmente apropiada para
aquellos salmos que incluyen en el mismo texto aclamaciones, como el canto de
los tres jóvenes en el horno (Laudes de los domingos), o el salmo 135
(Vísperas del lunes IV), o el cántico de Ap 19 (II Vísperas de los domingos).
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3) A dos coros: Fue la forma habitual a partir de la Edad media hasta la reforma
litúrgica de nuestros días. Esta manera resulta especialmente oportuna en los
salmos que contienen una plegaria comunitaria. Esta forma puede realizarse de
dos formas: el canto y la plegaria rezada. En general, si el salmo es de
alegría y de victoria resulta más expresivo cantarlo; si es una lamentación
puede resultar mejor rezarlo pausadamente.
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4) Himno: Es la mejor manera de realizar los salmos entusiastas y cortos, como
son muchos de los terceros salmos de Laudes. Para esta forma es mejor que el
texto tenga una música propia en cada estrofa, no una melodía que se repite
idéntica. El salmo 116 es uno de los que mejor se adaptan a esta forma
hímnica.
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5) Diálogo entre solistas diversos y pueblo: Es la aplicación a la salmodia de
lo que tradicionalmente se hace en la liturgia para la lectura de la historia de
la Pasión del Señor. Uno o más solistas - según los personajes que
intervienen en el salmo - representan cada uno de los papeles; la asamblea
interviene con las aclamaciones plurales. De esta manera es conveniente realizar
sobre todo el salmo 109 de las Vísperas dominicales: un solista hace el papel
de Dios, otro representa al profeta, el pueblo interviene aclamando al rey
ungido que, en la aplicación que hace la Iglesia de este salmo, es Cristo
resucitado. Esta misma forma debería aplicarse también a los salmos
dominicales 117 (y al 2, empleado en el Oficio de lectura).
Cuando la salmodia se reza en solitario, las posibilidades son menores;
prácticamente se reducen a la posibilidad de intercalar algunos silencios u
oraciones sálmicas; pero, como resulta evidente y lo recuerdan los Principios y
Normas generales de la Liturgia de las Horas ~ en este caso hay más libertad de
incluir silencios adaptados a las posibilidades de cada participante en el
Oficio.
Notemos, finalmente, que la salmodia del Oficio divino - la salmodia cristiana -
no se limita a los salmos del antiguo Testamento, sino que incluye también
algunos cánticos del nuevo. Unos pocos de estos cánticos - el de Zacarías, el
de María y el de Simeón - ya se contenían en el antiguo Breviario romano,
pero la nueva Liturgia de las Horas ha introducido otros cantos tomados de
diversos lugares del nuevo Testamento. Y, con ello, la salmodia cristiana ha
ganado tanto en contenido como en dinamismo y, muy probablemente, ha seguido con
ello los usos de la Iglesia apostólica. En efecto, no pocos autores han visto
en algunos fragmentos de los escritos apostólicos los cantos de la antigua
comunidad a los que alude con frecuencia el Apóstol, los "himnos
inspirados por el Espíritu". Son estos cantos los que hoy vuelven, a
cantarse, incorporados a la salmodia de Vísperas.
Con la incorporación de estos cánticos, la plegaria eclesial recobra el ritmo
progresivo que tiene también la liturgia de la palabra en la misa: se empieza
por el antiguo Testamento (salmos, en el Oficio; primera lectura, en la misa);
vienen después los escritos apostólicos (cántico de las cartas apostólicas o
del Apocalipsis, en Vísperas; segunda lectura, en la misa); finalmente,
culminación a través del evangelio (cántico de Zacarías o de María y
Padrenuestro, en el Oficio; tercera lectura, en la misa).
Al hablar, pues, de salmodia hay que tener muy presente esta inclusión de los
cantos del nuevo Testamento. Los salmos del antiguo son ciertamente el elemento
que más lugar ocupan en el Oficio, pero no el más importante. Por los salmos
del antiguo Testamento - muy al nivel de los sentimientos humanos - se inicia la
oración; en los cánticos del nuevo - que se sitúan en un plano más
sobrehumano, el de la revelación de Jesucristo - culmina dicha oración,
llegando a niveles muy elevados. Por ello rectamente dicen los Principios y
Normas generales de la Liturgia de las Horas que "los salmos (del antiguo
Testamento) no son más que una sombra de aquella plenitud de los tiempos que se
reveló en Cristo Señor y de la que recibe toda su fuerza la oración de la
Iglesia".
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d) Lectura bíblica
Éste es un elemento que se encuentra tanto en la Liturgia de las Horas como en
la casi totalidad de las celebraciones litúrgicas. Pero en el Oficio divino la
lectura bíblica tiene, por lo menos habitualmente, un carácter bastante
distinto. "La Liturgia de las Horas, - se afirma en los Principios y Normas
generales de la Liturgia de las Horas - reúne de un modo peculiar los diversos
elementos que se dan en las demás celebraciones cristianas". Este modo
peculiar, según el cual se combinan en la Liturgia de las Horas los elementos
presentes también en las demás celebraciones, resplandece, sobre todo, con
referencia al binomio lectura bíblica-salmodia. En efecto, en la eucaristía
primero aparecen las lecturas y luego sigue el salmo; las lecturas tienen mucha
relevancia, mientras que el salmo, único, breve y a veces limitado a sólo unos
pocos versículos, ocupa un lugar muy modesto. En la Liturgia de las Horas, por
el contrario, la salmodia ocupa el primer lugar, tanto cronológicamente como en
razón de su importancia, mientras que la lectura aparece como elemento menos
relevante, casi a manera de simple pieza para dar variedad al conjunto,
sumergida en la salmodia, entre los salmos y cánticos por una parte y el
cántico evangélico por otra. Este diferente tratamiento de unos mismos
elementos evidencia hasta qué punto la Liturgia de las Horas constituye una
celebración laudativa de carácter muy propio y diverso de lo que son las
celebraciones de la palabra, sin que a ello obste que en el interior de la misma
pueda incluirse una verdadera celebración de la palabra, como acontece en el
Oficio de lectura, o cuando en Vísperas o Laudes la lectura breve queda
substituida por una perícopa larga.
Por lo que se refiere en concreto a la lectura bíblica de Laudes y Vísperas -
las únicas horas que figuran en este libro -, ésta puede presentar dos
modalidades distintas: lectura breve y lectura larga. Estas dos modalidades no
sólo se diferencian por la extensión de la perícopa, sino también por su
significado en el interior de la celebración. La lectura breve tiene como
finalidad sobre todo "inculcar con intensidad algún pensamiento sagrado y
ayudar a poner de relieve determinadas palabras a las que posiblemente no se
presta toda la atención en la lectura continuada de la sagrada Escritura."
Esta lectura breve aunque "debe leerse y escucharse como una verdadera
proclamación de la palabra de Dios" no persigue tanto profundizar y
descubrir nuevas facetas en el mensaje revelado como suscitar y recordar
pensamientos ya Conocidos, introducir un elemento de variedad y dialogo en la
salmodia - no sólo hablamos a Dios sino que también lo escuchamos -, gozar del
misterio celebrado en un día concreto o subrayar el significado salvífico de
cada una de las Horas de oración. De este carácter de simple inciso que tienen
las lecturas breves se deriva que éstas no vayan acompañadas ni del enunciado
que las encabeza en las otras ocasiones (Lectura del libro de...), ni de la
conclusión: Palabra de Dios. Por la misma razón, tampoco parecería oportuno -
por lo menos habitualmente - acompañar estas lecturas breves de una homilía.
Cuando la lectura breve se substituye por una lectura más larga, ésta tiene en
la Liturgia de las Horas el mismo significado y finalidad que en las demás
celebraciones litúrgicas. Incluso puede decirse que transforma la Hora del
Oficio, en la que se incluye este tipo de lectura, en una verdadera celebración
de la palabra.
En cuanto a estas lecturas largas incorporadas a Laudes o a Vísperas, si se
quiere que cobren su verdadero sentido hay que tener en cuenta ciertos criterios
que podrían resumirse en los siguientes puntos:
1. La lectura larga únicamente cabe en Laúdes o Vísperas (no en las Horas
menores ni en Completas); además, sólo resulta oportuna, por lo menos
habitualmente, en el caso de que los participantes no recen el Oficio de
lectura.
2. Para que esta lectura conserve su verdadero sentido, hay que procurar que no
se limite a ser simplemente una lectura más larga para que se asemeje a las
lecturas de las otras celebraciones. Así, alargar simplemente la perícopa
breve que figura en el Oficio no tendría ningún significado, pues, por una
parte la desproveería de su finalidad de "poner de relieve determinadas
palabras", pues éstas, colocadas entre otras expresiones, dejarían de
destacar, y por otra las lecturas presentarían un conjunto de textos poco
relevantes, pues la selección de estas perícopas se debe únicamente a la
frase que se ha querido subrayar.
3. Para esta lectura prolongada puede usarse cualquier texto bíblico que se
juzgue oportuno; pero, si la lectura alargada se hace habitualmente, lo más
recomendable es tomarla del leccionario bienal.
4. La lectura larga tendrá todo su significado en los siguientes casos: 1)
cuando se usa habitualmente para profundizar el rico contenido de lectura
continuada que presenta el leccionario bienal; 2) cuando en las solemnidades y
fiestas - que tienen una lectura larga autónoma e independiente - se quiere
subrayar el contenido del día; 3) cuando en los tiempos fuertes - o en alguno
de ellos - se quiere vivir con mayor intensidad el espíritu de los mismos a
través de un conjunto de lecturas organizadas especialmente para este fin; 4)
cuando los que participan en la eucaristía diaria han interrumpido, por alguna
circunstancia (fiesta, misa exequial, etc.), la lectura continuada de la misa y
quieren, en un día determinado, "recuperar" la lectura, para no
interrumpir la secuencia de los libros proclamados en la misa; 5) cuando tienen
lugar celebraciones especiales, como el octavario por la unión de las Iglesias,
los ejercicios espirituales; en estos casos el leccionario de las misas por
diversas necesidades puede orientar la selección de lecturas.
5. En cambio, no tendría sentido usar la lectura larga del leccionario bienal
solamente en días aislados (v. gr., en los domingos o sólo en algunas ferias
saltadas); el mismo carácter de lectura continuada exige, o que se haga
siempre, o que se prescinda siempre de ella.
Subrayemos aún que incorporar habitualmente la lectura larga, resulta
especialmente enriquecedor para la oración y la profundización de todo el
mensaje revelado, pues este ciclo bienal realiza el ideal de leer cada año el
conjunto de toda la Escritura. En efecto, combinando las lecturas de este
leccionario con las de la misa ferial, en un primer año se leerá en la misa,
de manera abreviada, a base de sólo las perícopas más centrales, una mitad de
la Biblia, mientras que la otra mitad se lee, de manera moralmente íntegra, en
el Oficio. En el año siguiente, en cambio, las partes que se leyeron en la misa
de manera abreviada se leerán en el Oficio de manera íntegra y, viceversa, las
que se leyeron de manera extensa en el Oficio del año anterior en el siguiente
se leen en la misa de manera más resumida.
Otro aspecto de la riqueza de este leccionario, que vale la pena subrayar, es
que las perícopas del mismo presentan las grandes líneas de la historia de la
salvación de manera muy pedagógica y apta para introducir en la inteligencia
de la Escritura y en la oración contemplativa; esta historia, en efecto, se
presenta dividida en tres grandes períodos: 1) desde los orígenes hasta la
llegada a Egipto (años pares, antes de Cuaresma); en estos mismos años,
durante la Cuaresma, se lee la salida de Egipto, con los demás relatos del
Éxodo); 2) los tiempos postexílicos (años pares, terminado el ciclo pascual);
3) desde los Jueces hasta el exilio (años impares). Los profetas y los libros
sapienciales se intercalan en el interior de los períodos históricos en que
hablaron los profetas o se escribieron los referidos libros sapienciales; con
ello éstos cobran un grado mayor de inteligibilidad y de vida.
Por lo que se refiere a las cartas apostólicas, se presentan más o menos en el
mismo orden cronológico en que fueron escritas; con ello se facilita también
la captación del progreso de la revelación a través de los tiempos.
Únicamente se establecen dos excepciones: la de reservar algunas cartas
especialmente significativas para determinados tiempos litúrgicos (v. gr.,
Colosenses para Navidad, Hebreos para la última parte de Cuaresma) y la de
distanciar algunos escritos de contenido muy semejante (v. gr., Romanos y
Gálatas) que, leídos uno a continuación del otro, podrían resultar un tanto
monótonos.
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e) Responsorio breve
Éste es un elemento cuya finalidad en parte coincide y en parte difiere de la
que tiene el salmo responsorial de la misa. Coincide en cuanto que es una ayuda
para que la palabra proclamada en la lectura penetre más íntimamente en
quienes la han escuchado y se transforme en contemplación personal. Pero se
distingue del mismo porque en la misa el salmo responsorial es el único salmo
de la celebración y por ello acostumbra a ser más largo y más variado; en el
Oficio, en cambio, a la lectura ha precedido una larga salmodia, y por ello el
responsorio es más breve y menos variado. Hay que añadir aún que este
responsorio es, como el himno, un elemento más bien ambiental; por ello puede
omitirse o bien substituirse por otro canto semejante, por la homilía, o
incluso por un espacio de silencio.
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f) Preces
Tanto en Laudes como en Vísperas, terminada la salmodia - el último de los
cánticos, el evangélico - se añaden unas preces litánicas. Las de Vísperas
tienen la misma finalidad que las de la misa, son una oración universal. Con
todo, literariamente difieren, pues mientras que en la misa se dirigen a la
asamblea, proponiéndole intenciones para orar, en el Oficio, en cambio, se
dirigen directamente a Dios, para que puedan usarse también cuando se reza en
solitario. Como oración universal que son, atienden, sobre todo, a las
intenciones de carácter más general y piden por la Iglesia y el mundo; a estas
peticiones universales pueden añadirse además algunas otras intenciones
particulares, pidiendo por la asamblea local, la diócesis, la familia religiosa
u otras necesidades (particulares no significan, con todo, en manera alguna
preces espontáneas). Estas preces, con todo, como repetidamente han recordado
diversos documentos romanos deben ser previamente escritas para que reflejen
mejor su carácter comunitario y no simplemente personal.
Las preces litánicas de Laudes tienen un carácter muy distinto: no son
oración universal o de los fieles, sino preces para encomendar a Dios el nuevo
día; éstas piden habitualmente sólo por los propios orantes.
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g) Padrenuestro
Es el elemento que concluye y culmina la plegaria de la Iglesia, el que corona
toda la celebración. Es la oración más propia de los hijos, para preparar la
cual han precedido todas las otras oraciones. De la misma forma que Dios ha
inspirado los salmos y todas las otras fórmulas de plegarias bíblicas para
hacernos dignos de orar como nos enseñó su Hijo y llamarle Padre. El
Padrenuestro rezado tres veces al día - en Laudes, en la Eucaristía y en
Vísperas - es una práctica a la que aluden las más primitivas fuentes
cristianas, y que ahora ha sido restaurada. Todo esto aconseja dar a este
Padrenuestro final todo su valor. En las celebraciones comunitarias habría que
procurar que fuera siempre cantado.
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h) Oración final
Esta colecta viene a ser como la conclusión del Padrenuestro; para significar
su carácter particularmente doxológico conserva la conclusión larga en la que
se alude a las tres divinas personas, proclamando su reino: "Vive y reina
contigo (Padre) en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de
los siglos." Vale la pena también subrayar que esta colecta, que se sitúa
al final de la celebración, vuelve a tomar el mismo matiz del himno inicial:
subraya el carácter propio del día en los domingos, en las solemnidades y
fiestas (e incluso en algunos viernes), y de la Hora (mañana o noche) en las
ferias del tiempo ordinario. Es, sobre todo, a través del himno colocado al
Comienzo y de esta colecta colocada al final, que Laudes aparece como
"oración de la mañana" y Vísperas como "oración de la
noche".
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i) Conclusión del Oficio
Ésta se hace de dos formas, según que el Oficio sea comunitario y presidido
por el obispo, un presbítero o un diácono - ministros que tienen la misión de
convocar la asamblea y por ello también de despedirla y disolverla - o que se
rece en solitario o comunitariamente, pero sin la presidencia de un ministro
ordenado; en este último caso, como el que preside no tiene ni la misión de
despedir la asamblea ni la representatividad de Cristo, se suprime tanto la
fórmula de despedida como la de bendición, y se limita a desear e implorar la
bendición de Dios.
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