ARZOBISPADO DE ROSARIO
CARTA PASTORAL
ADORACIÓN DE LA EUCARISTÍA CON OCASIÓN DEL JUEVES SANTO
DEL AÑO SACERDOTAL
LAS CUARENTA HORAS
MONSEÑOR JOSÉ LUIS MOLLAGHAN
ARZOBISPO DE ROSARIO
Quien adora a Jesús en la Eucaristía
valora con más profundidad el don del sacerdocio
A los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos:
Ya cercanos a la Pascua, y a la celebración de la Misa Crismal y del próximo Jueves Santo, día de la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, deseo hacerles llegar la invitación a renovar en nuestras comunidades el fervor por la celebración de la Eucaristía y la adoración eucarística. Lo hago confiado en que en cada iglesia y capilla de nuestra Arquidiócesis se pueda ofrecer ese día y a lo largo del año, un tiempo prolongado de adoración eucarística, con la participación de los fieles laicos, religiosas, religiosos y sacerdotes.
Por cierto que partimos en nuestra reflexión suponiendo la inmensa estima por la celebración de la Misa, especialmente en este día, y en cada domingo, como día del Señor, que es una prioridad en la vida de los fieles, de la parroquia y de cada comunidad (cfr. Aparecida, n º252).
Por esto, para vivir más plenamente este misterio de nuestra fe es que “hemos de motivar a los cristianos para que participen en ella activamente y, si es posible, mejor con la familia” ( Benedicto XVI, Disc. Aparecida, n º 4).
La adoración de la presencia real del Señor
Dado que celebramos el año sacerdotal, convocado especialmente por el Santo Padre Benedicto XVI, he querido que a lo largo del año, la “adoración eucarística de las cuarenta horas” esté motivada en profundizar su relación con el don del sacerdocio.
La Eucaristía que renueva el sacrificio pascual actualiza la gracia de la redención. En la adoración y en la contemplación de este misterio podemos comprender mejor cómo la Eucaristía edifica a la Iglesia, le da vida, y nos reúne en un solo cuerpo, haciendo visible y verdadera la comunión.
Por ello, la Eucaristía es el don más grande que recibimos del Señor, que Él nos sigue ofreciendo cada día, y que contiene todo el bien espiritual de la Iglesia (cfr. Presbiterorum Ordinis, n º 5). Ella, vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada (cfr. Juan Pablo II, “Ecclesia De Eucharistia”, nº 5).
De este modo, por la Eucaristía se hace y crece la Iglesia; porque ésta es ante todo y sobre todo comunidad eucarística; de tal manera que por Ella la Iglesia alcanza más plenamente su ser en Cristo; y su unidad brota de la misma comunión eucarística (cfr. ibídem, nº 23).
Al respecto nos enseña San Pablo: « Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan » (1 Co 10, 16-17). Y San Juan Crisóstomo dirá también: « ¿Qué es, en efecto, el pan? Es el cuerpo de Cristo. ¿En qué se transforman los que lo reciben? En cuerpo de Cristo; pero no muchos cuerpos sino un sólo cuerpo (Homilías sobre la 1ª Carta a los Corintios, 24, 2: PG 61, 200). Por ello, por esta raíz eucarística, la Iglesia se distingue de cualquier entidad o asociación solamente humana.
Por la Eucaristía, “Dios se hace nuestro pan, de modo que empezamos a vivir de Él, y por tanto a vivir verdaderamente” (Card. Ratzinger “Servidor de vuestra alegría, pag.57). Así es como llegamos a ser una comunidad eclesial: desde la eucaristía, es decir desde el misterio pascual del grano del trigo que muere (cfr. ibídem).
La eucaristía y el don del sacerdocio
Al mismo tiempo, deseo subrayar en este Año Sacerdotal que la celebración de la Eucaristía y la adoración de la presencia real del Señor en nuestras comunidades implican una profunda referencia al don del sacerdocio, y de algún modo crean una relación especial con el ministro de la eucaristía.
Así como la Eucaristía es el centro y cumbre de la vida de la Iglesia, Juan Pablo II nos enseñaba también que lo es del ministerio sacerdotal. Por eso, podemos decir que la Eucaristía « es la principal y central razón de ser del sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella » (Ecclesia de Eucharistia, nº 31).
Esta relación, ante todo, está implícita en la misión central del sacerdote, que, por la gracia que le otorga el sacramento del Orden sacerdotal, está llamado como el Obispo a consagrar la Eucaristía. Con la potestad que le viene del mismo Señor, el sacerdote es quien dice en la persona de Cristo: “Esto es mi Cuerpo, que será entregado por ustedes...” y luego: “Éste es el cáliz de mi Sangre, que será derramada por ustedes… » (ibidem, nº 5).
No habría Eucaristía para adorar, sin la celebración de la Misa en la que el sacerdote, dice las palabras de Aquél que las pronunció en el Cenáculo, y quiso que fueran repetidas por todos los que participan ministerialmente de su sacerdocio (cfr. Juan Pablo II, Don y misterio, VIII).
Y agrega Juan Pablo II: “Esta es la magnitud del don del sacerdocio y es también la medida de la respuesta que requiere tal don. ¡El don es siempre más grande!” (ibídem).
Justamente, esta grandeza la percibimos aún más con los ojos de la fe, cuando estamos frente a la Eucaristía y permanecemos largo rato en adoración; y en el silencio del encuentro con Cristo, comprendemos que sin el don del sacerdocio no tendríamos la posibilidad de gustar y contemplar realmente al Señor.
Si por falta de sacerdotes, alguna comunidad puede carecer de la presencia de un sacerdote; y sus fieles pueden solamente recibir la Sagrada Comunión; sin embargo será necesario esperar que un sacerdote celebre la Santa Misa, ya que « no se construye ninguna comunidad cristiana si ésta no tiene como raíz y centro la celebración de la sagrada Eucaristía» (Presbyterorum Ordinis, 6).
Finalmente, en relación a lo dicho, es necesario tener presente también su relación con el Sacramento de la Penitencia. Cuando los Padres sinodales hablaron sobre este tema, han afirmado que el amor a la Eucaristía, nos lleva también a apreciar cada vez más el sacramento de la Reconciliación (cfr. Benedicto XVI, Sacramentum caritatis, nº 20).
Es decir, para acercarnos a la Eucaristía, necesitamos estar reconciliados con Dios; ya que si perdemos la conciencia del pecado reducimos la forma de comprender la grandeza de su amor (cfr. ibídem). Por ello, qué importante es recordar, la necesidad que tenemos del sacerdote, ministro de la reconciliación, quien recibe la confesión de nuestros pecados y nos ofrece el perdón, mediante este Sacramento: “lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mateo 16,19).
Así, con la gracia del perdón sacramental, purificados por el amor misericordioso de Dios, renovamos el deseo de seguirlo, de alimentarnos con su Cuerpo y con su Sangre, de permanecer en su presencia.
La adoración eucarística ofrecida por nuestros sacerdotes
La adoración eucarística ofrecida durante el Año Sacerdotal por nuestros sacerdotes, pone aún más de relieve la necesidad de rogar por una renovación interior de cada ministro del Señor, para que su entrega y su ministerio sean más fecundos y generosos.
Asimismo, debemos agradecer a Dios por tantos sacerdotes que viven con fidelidad su ministerio sacerdotal, su consagración a Dios ofrecida por el Reino; el celibato vivido con amor, alegría y entrega; su trabajo en las parroquias y capillas; en los hospitales, en el Seminario, y en las escuelas; en la ciudad y en los barrios más humildes; con los jóvenes y los ancianos; con familias y gente sola, con sanos y enfermos. Prácticamente en todas las áreas pastorales, contamos con la presencia generosa de sacerdotes, que en el nombre del Señor predican, animan, enseñan, acompañan, perdonan y celebran la Eucaristía con renovada fe. Ellos son un don para la Iglesia por la unción del Espíritu y por su especial unión con Cristo cabeza (cfr. Aparecida, n º 193).
Agradezcamos igualmente el poder encontrar siempre un sacerdote que nos alimente con el Pan de Vida, de donde brota un inmenso caudal de caridad, de participación en las dificultades de los demás, de amor y de justicia (cfr. Benedicto XVI, Disc. Aparecida, n º 4).
Pero también en la oración, nos unimos a los sentimientos y a la enseñanza del Papa, y sentimos profundamente, las situaciones históricas y actuales que presentan hechos dolorosos relativos a algunos sacerdotes. Es el mismo Santo Padre, Benedicto XVI, quien ha querido "establecer la verdad de lo que sucedió en el pasado, tomar todas las medidas para evitar que se repita en el futuro, asegurar que los principios de justicia sean respetados plenamente y, sobre todo, curar a las víctimas…” (Benedicto XVI, Discurso, 28 octubre 2006).
Adoración eucarística y fomento de las vocaciones
También la adoración eucarística tiene relación a las vocaciones sacerdotales. Es verdad que toda llamada vocacional depende en primer lugar de la elección de Dios; pero sin duda muchas veces este llamado se escucha con más fuerza, cuando estamos cerca de la Eucaristía; sabiendo que la adoración frecuente permite escuchar la voz de Jesús en los corazones de muchos jóvenes. Para afianzar este llamado, también se necesita el testimonio personal de los sacerdotes, y la cercanía de la comunidad cristiana.
En este sentido los ratos pasados delante del Señor, nos permiten ahondar en el valor del sacerdocio y en el llamado a seguirlo; y precisamente en estos momentos descubrimos que vale más dejarlo todo, para ser toda la vida verdaderos amigos de Jesús, y servir a nuestros hermanos en el lugar que nos tiene preparado desde siempre.
Ser hombres de la Eucaristía es el eje de la vida sacerdotal, y para ello es necesario ir adquiriendo anticipadamente el gusto de acercarnos, y de sentirnos atraídos por el silencio y el encuentro con Él.
En este sentido, qué bien hace el testimonio de la adoración de los laicos, los momentos preparados para tener periódicamente un encuentro con Él, de tal manera que la parroquia, por ejemplo, sea una comunidad que reza y adora a Jesús junto con su pastor.
La adoración eucarística nos invita a pedir por todos
Sabemos que en la comunidad parroquial, en el barrio también están cerca quienes son más pequeños; están los niños, los que están solos, muchas veces abandonados, las familias numerosas sin casa o sin recursos, los que no tienen trabajo, los excluidos, y hasta muchos que no conocen a Jesús o se alejaron de el y no suelen entrar a la Iglesia.
Todos ellos, así como los enfermos, en las casas y en los hospitales, y tantos presos, necesitan ser visitados y atendidos por nosotros cristianos, muchas veces ocupándonos de sus diferentes necesidades en los servicios pastorales de la iglesia diocesana; en los que los voluntarios tienen una misión importante.
Pero sin duda, para acrecentar la caridad hacia los que más necesitan, debemos comenzar teniéndolos presente en nuestra oración, acompañarlos de alguna manera espiritualmente, pidiendo que se abran los corazones, y les llegue la atención que necesitan.
Entonces veremos con más claridad, que el trabajo con los que más nos necesitan es una prolongación del encuentro con el Señor, adonde también lo encontramos a Él. De esta manera, como nos exhorta San Agustín: “que la carencia voluntaria del que tiene se transforme en los bienes necesarios del que no tiene”, y también, perdonemos y se nos perdonará; ya que “para no realizar esta clase de buenas obras, nadie tiene excusa, porque lo único que se requiere es tener voluntad” (Sermón 210).
Como una maternidad espiritual
Como ya pedimos el año pasado, siguiendo la iniciativa propuesta al comenzar el Año Sacerdotal, los invito a todos, a acompañar espiritualmente con la adoración a todos los sacerdotes; y especialmente a pedir por ellos, con una especie de maternidad espiritual, de tal manera que rueguen por sus intenciones y necesidades, ofreciendo su tiempo de oración, así como otros ofrecimientos espirituales, y también las obras de caridad y la penitencia.
Esta maternidad espiritual expresa la conciencia acerca de la íntima unión que existe entre el sacerdocio y la Eucaristía, unión de profunda intimidad con Cristo. De ella participa también la Santísima Virgen como Madre de la Iglesia y Madre de los sacerdotes, verdadera mujer eucarística, como la llamó el Santo Padre Juan Pablo II.
Es por ello que la Santísima Virgen siempre está presente en nuestra oración por los sacerdotes y las vocaciones sacerdotales. Que Ella proteja a los sacerdotes, para que tengan una conciencia agradecida del don que han recibido de Dios, y muevan a muchos jóvenes a responder a su llamado para ser sus discípulos y misioneros.
Que cada adoración a Jesús eucarístico, culmine con una ofrenda filial a la Madre de Dios y de la Iglesia.
Deseándoles una feliz Pascua, los saludo en Cristo y María.
+José Luis Mollaghan
Arzobispo de Rosario
|