ARZOBISPADO DE ROSARIO

HOMILÍA DE MONSEÑOR JOSÉ LUIS MOLLAGHAN

ARZOBISPO DE ROSARIO

EN EL TEDEUM POR EL BICENTENARIO DE LA PATRIA

25 de mayo de 2010

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                     Hoy venimos a nuestra histórica Catedral para dar gracias a Dios, al celebrar los doscientos años de la Patria. Tenemos el privilegio de ser partícipes de un acontecimiento grande, que por el paso del tiempo, y por nuestra forma humana de contar y recordar, merece esta celebración con justificada gratitud.

El Te Deum: acción de gracias a Dios.
                       Como nos dice la crónica de aquellos días, entonces “se hizo una solemne función en la catedral, y se cantó el Tedeum en acción de gracias…, habiendo ocupado la Junta el lugar preeminente donde presiden los señores virreyes” (Rev. Bibl. Nac.,11, 1944, p.143); y en el sermón se ponderaron los bienes de la paz y la legitimidad de lo actuado.
                     La acción de gracias a Dios es una parte central de esta fiesta de la Patria; y como en los momentos más gratos de nuestros aniversarios personales, queremos agradecer todo lo que recibimos de Él; así como valorar   lo bueno que hemos   vivido.
                     En esta ocasión, cada argentino conmemora el  amanecer de la Patria y el bicentenario de su vida.  Desde este lugar, desde Rosario, podemos dar gracias por nuestro suelo, por el río  y nuestros campos: por la naturaleza pródiga y los espacios de la vida;  y también recordar con gratitud  a tantos hombres y mujeres, conocidos y desconocidos, que construyeron la Patria, y algunos hasta ofrecieron su vida por ella.
                     La gratitud a Dios nos une con las generaciones que nos precedieron; con los ideales más grandes, y con los sentimientos cotidianos que experimentaron sus habitantes, o nuestros abuelos inmigrantes, y  nuestros padres y hermanos por tener una familia enraizada en este suelo.
                     Las convicciones religiosas también animaron profundamente la vida social de nuestro pueblo; y por eso, aún en medio de condiciones y circunstancias muchas veces difíciles, hubo siempre un fuerte sentido de esperanza. Ella se experimenta y alimenta en el presente; y nos compromete en la construcción de un futuro de mayor dignidad y justicia, y ansía “los cielos nuevos y la tierra nueva” que Dios nos ha prometido (Ap.536).
                     Agradezco que se sumen a esta acción de gracias, los representantes de los diversos credos y confesiones religiosas que hoy nos acompañan.
Reconocer nuestra  identidad.
                     Queremos vivir y sentir esta fiesta; que nos hace reconocer lo que somos, y nos invita a sentir como argentinos. Precisamente celebrar lo vivido en estos doscientos años, requiere, no solo conocer la historia, sino asumirla como propia. Recordar lo que somos, es reconocer nuestra  identidad.
                      Desde los comienzos de la comunidad nacional, aún antes de la emancipación, muchos valores cristianos impregnaron la vida pública. Esos valores se unieron a la sabiduría de nuestra gente originaria y se enriquecieron con las inmigraciones sucesivas. Así se fue formando la compleja cultura que hoy vivimos. Por esto sentimos como necesario respetar y honrar esos orígenes, no para quedarnos anclados en el pasado, sino para valorar el presente y construir el futuro. No se puede mirar hacia adelante sin tener en cuenta el camino recorrido y honrar lo bueno de la propia historia (cfr. 96ª AP CEA, 14 .XI. 2008). 
                    La acción de gracias a Dios es una forma sublime de reconocer  nuestra identidad, de tener memoria, y de no olvidar los grandes momentos de la Patria, y también sus pruebas, sus luces y sus sombras.                     
 
El “buen vino” y la confianza en Dios                
                     Como en las bodas de Caná, de las que habla el Evangelio que leímos, en la que a aquellos novios se les acabó el vino para la fiesta, y recurrieron a Jesús, que transformó el agua en vino, para que no falte en los festejos; hoy también recurrimos a Dios,  pidiendo que nos  ayude a construir nuestra Patria.
                    Recurrimos al Evangelio, y como en ese gesto de Jesús,  el primero que hizo como un signo de su misión, y de su amor hacia nosotros; una vez más le decimos: “Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos”.
                    Por esto, podemos confiar en Dios; y pedirle a la luz de su Palabra, que  estemos a la altura de todo lo recibido. Necesitamos un clima social y espiritual distinto al que muchas veces  vivimos. Es imperioso recrear las condiciones políticas e institucionales que nos permitan experimentar que somos una Nación.                 
                    Que en nuestra Argentina no decaiga la búsqueda del bien común, se pueda  celebrar la inclusión de todos, se priorice la educación,  y se promueva la familia.
                     A este respecto, nos preguntamos muchas veces cómo conciliar en el mundo entero las declaraciones a favor de la vida humana con el olvido del más débil, del más necesitado, del anciano y del recién concebido. Los atentados contra la vida y la seguridad van siempre en una dirección contraria al del respeto por la vida, y representan una amenaza a toda la cultura de los derechos del hombre. (cfr. Juan Pablo II, Evangelio de la vida, n º 18).
                    Desde nuestra fe cristiana, desearía que nuestros laicos católicos, que son muchos, siempre sean concientes de su responsabilidad en la vida pública; que estén presentes en la formación de los consensos necesarios y en la oposición contra las injusticias” (cfr. Aparecida,13. V.2007,n º 4).

Una actitud de grandeza de parte de todos los argentinos
              La situación actual requiere una actitud de grandeza de parte de todos los argentinos. De un modo particular, queremos pedirla para quienes conducen los tres poderes de la Nación y nuestras instituciones representativas. También quienes guiamos la vida religiosa, nos sentimos interpelados por este pedido y no nos excluimos del examen de conciencia que todos debemos hacer (cfr. 155ª C.P. CEA, 10 III 2010).
                Necesitamos crecer en el  espíritu de  verdadera integración, y de servicio mutuo. Para ello, es necesario el respeto de las leyes,  la  equidad,  la moderación,  la paciencia,  y  la capacidad de diálogo. También como Nación queremos crecer en una  fraterna conciencia federal. El amor a la Patria nos invita a celebrar, y comprometernos en la  acción por construir una sociedad mejor.
                La celebración de hoy nos hace tener muy presente que la Patria no comienza con nosotros, que mirar al pasado nos muestra una herencia común que recibimos;  pero a la vez  nos hace tomar conciencia que para crecer necesita de todos. Y nos corresponde a nosotros seguir edificando la Patria.

El  Preámbulo de nuestra Constitución y la oración por la Patria
              Queremos pedir en este día que alcancemos los propósitos del Preámbulo de nuestra  Constitución Nacional: “constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino, invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia”.

       Como  pedimos en la oración por la Patria: “Queremos ser Nación, una Nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común” y también agregamos con fe: “danos la valentía de la libertad de los hijos de Dios para amar a todos sin excluir a nadie, privilegiando a los pobres y perdonando a los que nos ofenden, aborreciendo el odio y construyendo la paz”.
            
             En las bodas de Caná estaba la Madre de Jesús. Su imagen estuvo aquí antes de nacer la Patria. A Ella también la recordamos hoy, y le confiamos  que proteja y guíe a nuestra Nación argentina, y le alcance la paz y la prosperidad.

         
Monseñor Dr. José Luis Mollaghan
Arzobispo de Rosario