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Homilía de Mons. Sergio
Alfredo Fenoy al comenzar su Ministerio Pastoral
al frente de la diócesis de
San Miguel – Buenos Aires
Sábado 3 de Marzo de
2007
Estas primeras palabras que les dirijo como su
Obispo, precisamente por ser las primeras, están cargadas de una personal
emoción. No me es fácil traducir serenamente en palabras los distintos
sentimientos que están en mi corazón. Puede resultar sencillo hablar, mucho
más prometer, cuando todavía se es un desconocido y se juega con el tiempo a
favor porque recién se comienza. Pero un discurso semejante, al no apoyarse
en el testimonio de la caridad pastoral vivida entre ustedes sería poco
creíble.
Por eso quisiera
simplemente referirme a algunos de los momentos de la liturgia prevista para
el comienzo del ministerio pastoral del Obispo diocesano. Contarles cómo los
vivo, qué significan para mi hoy, de manera que todos puedan unirse a mi
acción de gracias.
El primer gesto de esta tarde me pareció muy
elocuente: el nuevo Obispo es recibido por su Pueblo con la Cruz del
Salvador. Besándola la devuelve a su vez al mismo Pueblo, como para indicar
que la única palabra que tiene para decir es Cristo crucificado y resucitado
para la salvación de todos, centro del Evangelio.
No se trata sólo de un
gesto devoto. Es un signo del amor con el que ustedes me reciben, del amor
hecho, como nunca, don en Cristo crucificado, en su entrega total al Padre y
a los hermanos.
Con esta bienvenida me
indican la puerta que, como Pastor, deberé atravesar para llegar al corazón
de ustedes, de los que están aquí y de todos. Esta “puerta” representa para
mi una auténtica “clave pastoral”, porque no pueden ofrecerme la Cruz de
Jesús, permaneciendo Ustedes mismos al margen. Deben involucrarse en esta
entrega, ofreciendo su propia cruz. Así me estarán abriendo una “brecha”,
una “entrada” segura para llegar, como Pastor, a la vida de cada uno. Porque
sólo se llega realmente a los otros cuando se nos permite “entrar” en su
dolor.
Entrar por la Cruz:
apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a
sufrir y a compartir los sufrimientos de los demás. Configurarse con Cristo,
participando en sus sufrimientos,
por medio de nuestros propios dolores, debilidades y pruebas.
Mostrar la Cruz: para que
todos puedan ver a Dios descendiendo hasta los abismos más profundos del ser
humano. Para contemplar el aparente fracaso del amor que vence al mundo:
No es el poder lo que redime, sino el amor, en palabras de Benedicto XVI,
Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos
que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y
creara un mundo mejor... Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no
obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero,
nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los
crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido
por la impaciencia de los hombres
Mirar la Cruz: mirar al
“Traspasado” que es precisamente la propuesta del Santo Padre para la
Cuaresma de este año: El Traspasado es la revelación más
impresionante del amor de Dios y de su irrefrenable misericordia. En la
Cruz, Dios se hace mendigo del amor de su criatura: “El tiene sed del amor
de cada uno de nosotros”.
Otro signo de esta liturgia
es la entrega del Báculo pastoral y la invitación a ocupar la Cátedra
Episcopal, que he recibido del Sr. Cardenal, Jorge Mario Bergoglio.
Agradezco su presencia en medio nuestro como Arzobispo Metropolitano, signo
de la hermandad entre los Obispos de la Provincia eclesiástica de Buenos
Aires y de comunión con el Santo Padre.
El Báculo, símbolo del
gobierno episcopal es una directa referencia a Jesús que, como Buen Pastor
ama, conoce, visita, vive y muere por sus ovejas. Pero que, por sobre todo,
está con las ovejas y no las abandona por nada. Ser pastor es “saber estar”.
Pido al Señor que, apoyándome en la gracia de este báculo tenga mansedumbre
y prudencia para gobernar sirviendo, en confiado abandono a la acción
interior del Espíritu, y fortaleza para defender de los lobos al rebaño. Que
jamás consienta en la tentación del mercenario, que se sirve y aprovecha,
que adula y engaña, que rehuye el trabajo y escapa ante el peligro.
He sentido también que,
junto a este báculo, llegaba a mis manos toda la entrega y el trabajo
pastoral de mis predecesores en esta Sede de San Miguel. Todos ellos
ayudaron a que esta Iglesia Particular se fundara y creciera sobre la Roca
del Evangelio. Me siento deudor de ellos al recibir ahora el fruto de sus
esfuerzos. Encomiendo mi ministerio a la intercesión de Mons. Bózzoli, de
Mons. Lorenzo y de Mons. Silva y agradezco particularmente al anterior
Obispo Mons. José Luís Mollaghan.
La cátedra del Obispo
significa su potestad sagrada y su responsabilidad al educar a su pueblo por
la predicación y al presidir las principales celebraciones litúrgicas. Le da
el nombre a este templo, ya que “catedral” es el lugar donde el Obispo tiene
su cátedra, y lo transforma en el centro material y espiritual de unidad y
comunión para el presbiterio y para todo el Pueblo santo de Dios.
En la cátedra el Obispo no
solo se sienta para presidir y enseñar sino también para escuchar. Es
maestro y discípulo, ambas cosas al mismo tiempo; o mejor aún, es discípulo
antes que maestro y por eso enseña de Dios lo que ha aprendido de Dios. Debe
“antes dejarse instruir por la sabiduría, después instruir; convertirse
primero en luz y después iluminar; primero acercarse a Dios y después
conducir los otros a Él…».
Antes de transmitir la
Palabra, el Obispo como la Iglesia misma, tiene que ser oyente de la
Palabra:
Estando “dentro de ella”,
como en el vientre de la madre, para dejarse proteger y alimentar;
reconociendo la voz del
Espíritu en el ministerio de Pedro y en la colegialidad episcopal, venciendo
toda tentación de individualismo;
escuchando al Espíritu que
habla y vive en los fieles, para impulsarlos a poner en práctica lo que el
mismo Espíritu sugiere para el auténtico bien de la Iglesia.
En Jesús, la Palabra se ha
“abreviado” en el « Amarás al Señor, tu Dios… a tu prójimo como a ti
mismo » (Mt 22,37-39). Esto es todo: la fe en su conjunto se reduce a este
único acto de amor que incluye a Dios y a los hombres”
.
Por eso, para el Obispo
“presidir en la doctrina y presidir en el amor deben ser una sola cosa:
toda la doctrina de la Iglesia, en resumidas cuentas, conduce al amor”.
Un gesto de esta celebración que particularmente
agradezco ha sido el saludo de algunos fieles laicos, de consagrados y de
todo el presbiterio.
Es, en primer lugar, señal
de reconocimiento y de obediencia a la autoridad del Obispo. Autoridad que
tiene como modelo al Buen Pastor y que apunta a edificar el Pueblo de Dios.
Que este abrazo que nos hemos dado signifique el compromiso mutuo de
establecer, desde el comienzo, una relación pastoral constructiva, marcada
por la colaboración, la paciencia, la comprensión y la compasión.
Ha sido también un gesto de
verdadera comunión en torno al Obispo y de pertenencia a esta Iglesia
particular. La comunión eclesial requiere la responsabilidad personal del
Obispo: soy consciente de ser para ustedes ministro de la comunión y
principio y fundamento visible de unidad, y quien ha de fomentar, antes que
nadie, el respeto a la diversidad para que la unidad tenga el carácter de
comunión. Pero la comunión supone también la participación de todos los
fieles, corresponsables del bien de la Iglesia particular, de la que forman
parte. Como lo hicieron hasta ahora, les pido que sigan profundizando en el
espíritu de participación que debe animar nuestras comunidades, abriendo
espacios de encuentro, generando en nuestras parroquias un ambiente acogedor
y cálido… recreando todos los espacios eclesiales para hacerlos atrayentes y
aglutinantes.
Nuestras comunidades serán así un lugar donde la gente pueda redescubrir el
sentido profundo de lo que significa ser humano para abrirse después al don
de la fe.
En esta tarea no estamos
solos: El Espíritu que está al origen tanto de la igualdad como de la
diversidad, es capaz de realizar en nosotros eficazmente la comunión que
expresa la esencia de la Iglesia.
Y ahora finalmente nos
disponemos a culminar esta celebración, con el signo auténtico del ingreso
del Pastor en su Iglesia: la Eucaristía, que consuma el encuentro iniciado
con Jesús por la fe en su Palabra.
Es ahora donde,
misteriosamente, las ovejas reconociendo en la voz de quien preside la voz
de Cristo, lo reciben como su rebaño con la certeza de ver cumplida, una vez
más, la promesa del Señor: “Yo mismo voy a buscar mi rebaño y me ocuparé de
él”.
En este gesto, que es el
bien más precioso de la Iglesia y el que la edifica constantemente, están
incluidos todos los anteriores: es el sacramento del sacrificio de la Cruz;
es el mayor servicio porque es el mayor amor; es aquí donde se ve lo que la
fe nos concede escuchar y es la Eucaristía la que “crea la comunión y educa
a la comunión”.
El participar en el cuerpo
y la sangre de Cristo hace precisamente que nos convirtamos en aquello que
recibimos: al comulgar con Él, siendo muchos, nos hacemos todos un solo
cuerpo, porque todos participamos del mismo pan.
Jesús, en este banquete de
la Eucaristía se hace nuestra vida; nos mueve a transformar la sociedad
conforme al Evangelio y nos compromete en la justicia y la solidaridad,
haciéndonos sentir como propias las necesidades de los otros.
Con este alimento nuestra Iglesia diocesana es capaz de inventar formas más
justas y hermosas de amar, concretando la “fantasía de la caridad”,
actualizando la capacidad de “hacernos cercanos” para que quienes se
encuentran dispersos, abatidos, indefensos y desamparados sientan cada una
de nuestras comunidades como su propia casa. Aquí, en la gran escuela del
Amor, sentimos la urgencia de mostrar de modos y formas siempre nuevos, con
inagotable creatividad, el amor inmenso de Dios que abraza al mundo y que
jamás fracasa.
La Eucaristía no soporta la sedentariedad: después de celebrarla y
recibirla, nos levantamos de esta mesa, con el apuro y la sorpresa de Emaús.
La misión es fruto y consecuencia lógica de la comunión y sin ella está
condenada inexorablemente a la esterilidad: para que el mundo crea, sean
uno, nos dice Jesús.
¡Que la fuerza viva de
Jesucristo y de su Evangelio lleguen hasta el último rincón de la diócesis,
a todos sus barrios y a todos los sectores y ambientes, mediante nuestra
presencia misionera,
que anunciemos con la vida la buena noticia de la salvación, que contiene en
sí la prenda de un mundo nuevo, donde el dolor y la injusticia darán paso a
la alegría y a la belleza!.
Con profundo agradecimiento
al Señor que me envía, llego a esta Iglesia viva en sus distintas
comunidades donde se trabaja por la evangelización desde hace años, gracias
al empeño de nuestros sacerdotes y laicos; a una Iglesia donde la presencia
de la vida consagrada, con sus distintos carismas, es muy significativa y
enriquecedora; a una Iglesia situada en el conurbano bonaerense, con sus
realidades diferentes y complejas, que cuenta con la reserva de la
religiosidad popular, expresada en el abandono en la Providencia y el amor a
la Virgen, y con la riqueza de sus familias, pequeñas comunidades
apostólicas y misioneras, para hacer frente a los desafíos propios de la
cultura y de la situación social en la que sus miembros viven; a una Iglesia
organizada en la caridad, que sabe combinar la eficacia técnica de la ayuda
con la atención que nace del corazón y que suscita la esperanza incluso en
las situaciones más difíciles, sabiendo que “si no hay esperanza para los
pobres no la habrá para nadie”.
Nuestra diócesis tiene por
patrona ante Dios a Nuestra Señora de Luján, los invito a revivir la entrega
que hizo Jesús de María al discípulo, al pie de la Cruz. Hoy Jesús nos
vuelve a dar a su propia Madre y volvemos a ser dados a ella. Como Iglesia
de San Miguel le pedimos, con palabras de la oración que San Luís Orione
compuso en nuestra patria: “Danos María un ánimo grande, un corazón grande y
magnánimo que llegue a todos los dolores y a todas las lágrimas… que toda
nuestra vida esté consagrada a dar a Cristo al pueblo y el pueblo a la
Iglesia de Cristo; que ésta arda y resplandezca de Cristo y que se consuma
en Cristo, en una luminosa evangelización de los pobres”. Amén.
Quiero agradecer de corazón
al Sr. Nuncio Apostólico,
Mons. Adriano Bernardini, por su disponibilidad y apoyo; en su persona
renuevo todo mi afecto y el de mi diócesis al Santo Padre Benedicto XVI;
a los hermanos Obispos que
concelebran esta Eucaristía como signo de afecto colegial, particularmente
al Arzobispo emérito de Rosario, Mons. Eduardo Mirás, quien, paternalmente
acompañó mis primeros años de episcopado;
a las autoridades
presentes, por la gentileza de su participación;
a los sacerdotes,
consagrados, laicos y amigos de Rosario y a mi familia, gracias por estar
hoy aquí; a quienes comparten el trabajo en la Secretaría General de la
Conferencia Episcopal; a todos los amigos venidos de lejos o cerca,
gracias!!!;
al Administrador Diocesano,
Mons. Federico Gogala, gracias por su trabajo y entrega en todo este tiempo
de Sede vacante;
y a la Iglesia de San
Miguel que hoy me recibe como a su Obispo, gracias por haberme esperado con
la oración y por el esfuerzo que significó disponer todo para esta
celebración. Gracias particularmente por el afecto que ya me demostraron.
Con las palabras del Apóstol que escuchamos en la segunda lectura, me animo
a decirles: “hermanos míos muy queridos, a quienes tanto deseo ver…ustedes
son mi alegría”.
Los desafíos de esta misión
pastoral que hoy asumo son grandes. Irán apareciendo día a día… ya los
imagino y los presiento. Los acepto plenamente confiando en la ayuda del
Señor Resucitado que me confirma en su amor y me dice ¡¡si me amas,
apacienta!!.
A todos les digo que me siento más que nunca en las manos de
Dios. Y, con palabras de Pablo VI, les confieso que: “espero la seguridad de
los caminos de Dios, que guía incluso los pasos más torpes y vacilantes… de
nuevo descubro la comunión con el Maestro. Y siento qué grande, qué profunda
es mi necesidad de él precisamente ahora;… parece que sólo ahora comienzo a
amarlo”.
Gracias a todos!
San Miguel, 3 de marzo de
2007
elardo Francisco Silva (1994-2000), y
monseñor José Luis Mollaghan (2000-2005).
Fuente: Aica |